EL HOMBRE, ESE GIGANTE DE LA ACCIÓN – ENSAYO DE JUVENTUD 5

El hombre, es un ser cuya labor fundamental es labrar evolución. La naturaleza, desde el principio inmemorial constituye el libro eterno de la sabiduría. El hombre heredó de su Padre, el Creador, ese cúmulo de riquezas, ese inmenso taller Universal, donde experimenta, trabaja, lucha, evoluciona y se hace sabio.
Desde que el hombre inicia su actuación en la escala de valores, comienza desde un grado primario, como un ser sencillo, despojado de toda experiencia y con un mandato de su Padre, de acrecentar la Creación y ser maestro de la misma. Él es un centro de energía potencial y un cúmulo de sabiduría, luz y amor en estado embrionario latente. Es decir, es poseedor de una fuerza, la cual va a aprender a usar, para efectuar la transformación continua de las formas en la naturaleza y en ella, su evolución.
Ese valor inmenso de potencialidad y luz que en sí encierra, se encuentra desprovisto de experiencia y es opacado, neutralizado en el momento en que el espíritu toma materia en su primera encarnación.
Es decir, el hombre tiene en sí ese caudal enorme de sabiduría y luz que encierra el Universo, pero falto de experiencia, no la reconoce, o deja de apreciarla, por lo que él va a iniciar su carrera como hombre partiendo del grado mínimo de evolución, (siempre como hombre, en este punto esta descartada la teoría de que el hombre ha evolucionado de especies inferiores), para que por medio de la experiencias y estudio perpetuo él pueda reconocerse a sí mismo y su misión en la naturaleza, a través del cumplimiento de la ley de la Reencarnación.
El hombre, es un Universo en miniatura o microcosmos. En él está todo lo que existe en el entero Universo. En la formación de su cuerpo participan los tres reinos naturales. El alma alberga los instintos naturales de esos reinos, que representan grados naturales de inteligencia. El cuerpo y el alma del hombre, son complementados por un ente inteligente, espíritu, parte ínfima y activa de ese principio Creador. Ese ente, espíritu, tiene por misión dirigir la acción creadora y evolutiva del Universo. El cuerpo del hombre es un vehículo que permite la manifestación de la vida-espíritu, quien se sirve de aquel para realizar su actuación. Pues, el cuerpo sin el espíritu no presenta signos de vida y el espíritu sin el cuerpo no puede ejercer su labor en las formas físicas de la materia.
Como el hombre es depositario de todo lo existente en el Universo, en porción ínfima, de ahí que él tiene como labor inmediata conocerse a sí mismo, en las partes constitutivas, y de ese conocimiento particular elevarse a lo general, el Universo o Macrocosmos, parte integral que eternamente estudiará.
Con acertada sabiduría expresó Quilón, el Lacedemonio: -“Hombre, conócete a ti mismo, que el estudio propio del hombre no es conocer a Dios sino conocerse a sí mismo”.
Mientras eternamente el hombre estudia y avanza en sabiduría, se percata de que son tales las magnitudes del conocimiento, por explorar dentro de sí, microcosmos, y del Universo, Macrocosmos, que sabe a ciencia cierta que siempre encontrará un más allá.
El hombre, es como un diamante; cuando inicia su misión, toda su riqueza en valores se encuentra cubierta por escorias, escamas; mientras evoluciona, pulimenta la capa que su luz apaga, y se manifiesta el potencial de fuerza y sabiduría que en sí encierra. Pero siempre habrá nuevos horizontes de la luz que alcanzar, porque “siempre hay un más allá”.
El hombre, en su ambiente natural, utiliza como herramientas los elementos naturales con que le ha dotado la naturaleza y desarrolla su labor.
El inmenso Universo es el Taller Universal del hombre. Como en toda empresa, existen normas o sistemas, un orden establecido y condiciones, que se llaman leyes, las cuales ha de conocer y cumplir inexorablemente.
El mismo, en su ser físico, biológica y físicamente tiene ciertas características que reflejan las huellas de esas leyes. Aun cuando el hombre tiene libre albedrío, llega un momento, en su escala evolutiva, en que comprende que, para efectuar una marcha armónica, en ritmo ascendente de evolución, tiene que cumplirlas y las cumple.
El hombre es un ser gregario, es decir, su labor la realiza en conjunto con otros seres y ha llegado a formar lo que llama sociedad. Toda la labor del hombre en sociedad es realizada ayudando y y recibiendo ayuda de otros. Todos son el complemento de todos: la sociedad. Cada ser, o individuo, es un grado de fuerza, de progreso, de sabiduría. En el Universo existe una cadena infinita de fuerzas, por grados, partiendo del cero al infinito.
En esta cadena, integrada por entes individuales de fuerzas y grados, cada grado es un facto, cada factor es un hombre. Cada hombre es una parte de la misma, cuya esencia constituye la Fraternidad Universal. Cada uno cumple su cometido. Para que haya armonía de fuerzas, bienestar colectivo, las debe integrar un solo querer unánime; un solo deseo: un ideal común.
Cuando el hombre no ha alcanzado un estado determinado de evolución, se encuentra deslindado de la solidaridad del conjunto. Para que exista un perfecto equilibrio social, es preciso que las fuerzas individuales estén acopladas adecuadamente.
El hombre, en la tierra, desde las edades prehistóricas, ha venido realizando mejoras en sus relaciones sociales y medios de comunicación con sus semejantes.
A medida de su evolución, ha ido acoplando sus fuerzas para realizar una mejor estructuración de la comunidad. Grandes obstáculos han sido interpuestos en su avance, de los cuales, unas veces ha vencido, otras ha caído, Pero, parafraseando a Confucio, de lo que hay que vanagloriarse es de levantarse cada vez que se cae. El hombre ha caído, se ha levantado, lucha constantemente, eternamente avanzará.
La unión de fuerzas permite satisfacer mejor las necesidades humanas y les conduce a una realización más efectiva de sus ideales.
Los mismos seres de rango diferente al ser humano, se unen en manada o grupo para subsistir.
Mediante las cualidades que forman la personalidad, el ser humano combina, mejorando, sus relaciones con los demás, en un esfuerzo supremo hacia una mejor armonía.
Constantemente, son adoptadas normas para mejorar esas relaciones, las cuales son regidas, también, por una ley natural que se denomina Afinidad. Ella agrupa a individuos con condiciones y cualidades análogas.
El hombre, agrupado con sus semejantes, actúa comunitariamente dentro de la naturaleza Universal. Satisface, en esa unión, los imperativos psico-físicos que les caracterizan.
En el inmenso Universo que ha heredado como fuente común de trabajo, el ser humano cumple su misión. Es decir, al mismo tiempo que perfecciona las formas de la naturaleza en una transformación activa se transmuta a sí mismo; su sabiduría y progresa labra.
La naturaleza es el libro eterno que estudiará. Para ello el tiempo siempre es presente. Caudales de conocimientos y sabiduría inagotables se les ofrecen para ejercitar su infinita capacidad de realización. Nada se le oculta; todo está expuesto ante sus ojos. Sólo le limita su propia capacidad de percepción y el estado evolutivo de su inteligencia. En la medida que desarrolla su conciencia perceptiva podrá conocer más y mejor ese hermoso libro y su grandiosa misión. Podrá conocerse a sí mismo y reconocerse en el Creador Universal, armonizándose con los planes que Él trazara para la realización de la Obra y asumir la cuota con la cual desea contribuir.
Por eso, cuando el ser humano vislumbra la realidad que le es inherente, se avoca al estudio asiduo o intenso de todo cuanto le rodea, para mejorar su condición humana y espiritual. En la medida en que la luz se manifiesta libre en el curso del proceso evolutivo, conociéndose a sí mismo, labrando la gran misión con que ha sido investido en su propio ambiente o en el que elige desenvolverse, por su propio peso específico, va adquiriendo conciencia de su condición de co-Creador y activo Gigante ejecutor en la manifestación eterna de la vida.
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