PÁEZ, HÉROE, ESTADISTA Y FILÓSOFO

PÁEZ, HÉROE, ESTADISTA Y FILÓSOFO

©GIUSEPPE
ISGRÓ C.

En cada una de las etapas principales que marcan la vida de José Antonio Páez, es decir: 1) El Páez, héroe y. artífice, en gran parte, de la Independencia: 1810-1825; 2) El Páez, Civil, Gobernante y Administrador, director-ejecutor en la creación del Poder Civil: 1826-1849; y, 3) Páez, dictador: durante 22 meses, a partir de septiembre de 1861; le precede una etapa que va desde su nacimiento, el 13 de junio de 1790, en una de las dos casas existentes a orilla del Río Curpa, hasta la edad de 20 años en que se enrola bajo las órdenes de Don Manuel Pulido, en las filas patriotas. Lo complementa, una etapa culminante, en el exterior, donde, además de su estadía en Estados Unidos, realiza, en los últimos cinco años de su larga y fructífera vida, viajes por varios países latinoamericanos. Allí es recibido con honores acordes a tan insigne e ilustre personaje, cuya aura legendaria le acompaña, despertando, a su paso, admiración y veneración.
A la edad de ocho años, Páez es enviado por sus padres a la escuela de la sra. Gregoria Diáz, donde, con la fuerza de los azotes, ayudaba a aprender a sus discípulos, de memoria, rudimentarios principios de espiritualidad y a escribir con el método del profesor Palomares.
Posteriormente, aprende a detallar víveres en la bodega de su cuñado Bernardo Fernández, por la mañana, mientras que, por las tardes, siembra cacao, hasta que un pariente suyo, Domingo Páez, se lo lleva, en compañía de su hermano José de Los Santos, a la ciudad de San Felipe, para trabajar en sus negocios que, según él refiere, eran de considerable importancia.
Tiempo después, se interna en los llanos de Barinas, dando un cambio a su vida, donde, buscando ganarse la vida honradamente, se empleó de peón en el Hato La Calzada, propiedad de Don Manuel Pulido, universidad de la vida, ésta, donde aprenderá los rudimentos esenciales del arte que habría de prepararlo y transformarlo en el conductor de los llaneros al servicio de la causa de la Independencia.
El Hato La Calzada estaba bajo las órdenes de un capataz de nombre Manuel, apodado Manuelote, de elevada estatura, fornido, con híspida y abundante barba que le daba un aspecto venerable. Pero, Manuelote era implacable en las rudas tareas que le asignaba a Páez, estimulado por el temor de que se trataba de un espía del propietario. La primera misión que le encomendó fue la doma de caballos salvajes que nadie antes había logrado, en puro pelo y agarrado de las crines. Comenzó a disfrutar esta labor por el desafío que implicaba. Pastoreaba ganado durante el día bajo el sol inclemente; velaba, por la noche, las madrinas de los caballos, para que no se escaparan; cortaba palos para hacer cercas; se arrojaba al río, sin saber nadar, para guiar el ganado. En cierta oportunidad, Manuelote le dijo: -“Catire Páez, tírese al agua y guíe el ganado”, a lo cual Páez alegó no saber nadar. Entonces, Manuelote, en tono autoritario, le gritó: -“Yo no le pregunto si sabe nadar o no, le mando que se tire al río y guíe el ganado”. Lo cual, con gran peligro, Páez hizo. Terminado el día, Manuelote , acostado en su hamaca, le decía: -“Catire Páez, traiga un camazo de agua y lávame los píes”. Después le mandaba que le meciese la hamaca hasta que se durmiese. En ese clima de austeridad, usando cráneos de caballos y caimanes como asientos y haciendo una sola comida al día, a las siete de la noche, consistente en carne asada y agua fresca conservada en tapara y durmiendo sobre cueros secos, en el suelo, se fue fortaleciendo para las duras tareas a las cuales la naturaleza de las cosas y la divina providencia le tenían destinado.
Transcurridos dos años, Manuelote pasa a otro hato, El Paguey, también propiedad de Don Manuel Pulido, para la recolección e hierra de ganado para la venta; se lleva a Páez con él. Don Manuel Pulido le distingue con su amistad y lo saca de su condición de peón delegándole importantes tareas de venta de ganado y caballos, cuyo negocio aprende y al cual, posteriormente, se dedica por su cuenta, ganando importantes sumas de dinero que les dan cierta tranquilidad económica.
En esta época contrae matrimonio con la señorita Dominga Ortiz. Años más tarde reflexiona sobre este período de abundancia en su vida, llegando a la conclusión de que, la naturaleza antes de someter a duras tareas a alguien le permite disfrutar de una etapa de descanso y bienestar. Mientras ejercía el comercio de ganado, Páez, en compañía de sus peones, aprendió a defenderse de los ataques de salteadores que buscaban llevarse su ganado; allí aprendió a usar la lanza, su arma preferida, lo cual constituye la segunda fase de su preparación para sus hazañas como héroe de la Independencia.
Para esa época, Páez sabía leer y escribir, cosa rara en los llanos. Su capacidad de observación, su fértil intuición que lo guiaría en todas sus realizaciones, las pruebas que a diario iba enfrentando, constituía la escuela en la que estaba gestándose el héroe.

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Casi con toda seguridad, por el año de 1812, Páez se inició en la Francmasonería. San Fernando de Apure, posee, frente a la Plaza Bolívar, una Logia Masónica que es una reliquia histórica en Venezuela, fundada en 1856, donde, de entre otros próceres, se encuentra una estatua de Páez. Previamente, existió un importante movimiento masónico. En 1990, el autor de este artículo, desde el lado opuesto de la Plaza Bolívar, del Hotel en que se hospedaba, por largo rato contempló esa hermosa obra arquitectónica y por su mente desfilaron imágenes del ilustre y Q:.H:. Páez, entrando en la Logia, el recibimiento que le dispensaban los hermanos y, dado su alto rango masónico, dirigir los trabajos de la noche; lo veía con claridad meridiana, por supuesto, con la imaginación. Entonces, se acercó a la Logia para hablar con sus oficiales y a la semana siguiente tuvo el inmenso placer y el honor de dictar, en esa augusta institución, una conferencia sobre Páez.
La Masonería, escuela de sabiduría que exhorta al estudio de todas las ciencias, artes y filosofías y a la práctica de todas las virtudes, ha sido la fuente donde se han alimentado la mayor parte de los grandes hombres que ha dado la humanidad a partir de 1717, en todas las áreas y casi todos los próceres americanos fueron masones, incluyendo los principales jefes realistas, entre ellos Pablo Morillo y prácticamente todos los que asistieron a la entrevista de Santa Ana, circunstancia ésta que aceleró la terminación de la guerra de la Independencia, en no poco grado. Bolívar ordenó que se respetara a todos los que estuvieron allí presente y al poco tiempo, Pablo Morillo regresó a España. Sucre, organizador de la entrevista, también masón, demostró elevadas dotes en el arte de la negociación y un espíritu de generosidad y calidad humana incomparables.
Para 1824, ya Páez era el primer Soberano Comendador del Supremo Consejo Confederado del Grado 33, del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, del cual había sido su fundador en Venezuela, lo cual implica por lo menos diez años de intensa actividad masónica previa. Como institución filosófica y filantrópica, forjadora de líderes, cuyos miembros eran lo más selecto de la sociedad venezolana de entonces, en ese ambiente de elevado intercambio intelectual, encontró Páez las condiciones idóneas para su cultivo y posterior desarrollo personal.
En la biblioteca de la Logia encontraría Páez aquellas obras de importantes pensadores que circulaban en Venezuela, entre ellas el Contrato Social y el Emilio, de Rousseau, la Ilíada y la Odisea, de Homero, el Quijote, de Cervantes, La Masonería Oculta y el Curso Filosófico de las Iniciaciones Antiguas y Modernas, de J. M. Ragón, las Vidas Paralelas de Plutarco, el Principe y el Arte de la Guerra, de Maquiavelo, las Fábulas de Esopo, la Autobiografía y el Libro del hombre de bien, de Benjamín Franklin, algunos clásicos latinos, como los tratados morales de Séneca, los Discursos de Cicerón, las Meditaciones, de Marco Aurelio, entre otros, algunos clásicos griegos, como la República de Platón, la Política y las Constituciones de los Atenienses, de Aristóteles, los Nueve libros de historia, de Herodoto, los Discursos de Demóstenes, además de libros de historia, de los cuales Páez era lector asiduo, y es probable que por esta época haya llegado a sus manos la obra que contenía “Las máximas de Napoleón sobre el arte de la guerra”, que en el ocaso de su vida traducirá y comentará, donde se reflejan las tácticas aplicadas en Las Queseras del Medio y en Juan de Payara, y tantas otras batallas, que les calificaban de estratega y hábil guerrero (muy generoso con los vencidos) tal como lo refiere Pablo Morillo en sus informes a España y cuyas estrategias del giro de estandarte ya las aplicaban con éxito los soldados de Gengis Khan, en la antigüedad, aunque sin tener Páez conocimiento de esos remotos antecedentes. En el comentario a la máxima Nº LXXIII, de Napoleón, Páez, dice: -“Un buen general debe reunir sobre todo dos cualidades: la primera: sano juicio en la elección de las empresas y medio de ejecución, balanceando con calma las ventajas y los inconvenientes, lo malo y lo bueno; la segunda: impetuosidad para ejecutar rápidamente lo que haya concebido con madurez. La guerra exige deliberar con frescura y ejecutar con calor”. Luego agrega: …-“Las grandes pasiones y el sano juicio, rara vez andan juntos, y sin embargo, son indispensables estas dos cualidades para formar grandes capitanes”. –“..No en todo momento está pronta la victoria, y en algunos casos conviene darle tiempo a que llegue”.
Tiempo después, el 16 de febrero de 1816, en la batalla de la Mata de la Miel, entre los 500 prisioneros se encontraba Manuelote, quien con otros peones del Hato la Calzada, se había enrolado con los realistas, a quien Páez trató con mucha bondad; lo invitó a compartir con él su mesa y le ofreció su ayuda, a lo cual, sólo le pidió un salvoconducto para trasladarse a determinado lugar. Los compañeros de Manuelote, para mofarse de él, decían: -“Catire Páez, traiga un camazo de agua y lávame los píes”-. A lo cual Manuelote respondía: -“Ya sé que ustedes dicen eso por mí, pero a mi me deben el tener a la cabeza un hombre tan fuerte, y a la patria, una de las mejores lanzas, porque yo fui quien lo hizo hombre”-.
Páez, en cada fase de su vida supo rodearse de hombres sabios y brillantes, cuando así lo hizo, como en sus dos presidencias, la República conoció épocas felices y de progreso, siendo su primer período presidencial reconocido como uno de los mejores en la historia del país. Sus actuaciones a partir de 1826 en torno a la Cosiata, en las cuales fue asistido por Miguel Peña y su grupo, pese a la severa crítica con que se le juzga, un análisis objetivo más a fondo permite descubrir elementos positivos con los cuales todos estarían de acuerdo, pero es un tema extenso para tratarlo aquí. Quizá, en 1861, con la influencia de Pedro José Rojas, incurrió en errores que él asimiló y de los cuales se excusó públicamente, exhortando a las nuevas generaciones a evitarlos. Empero, es preciso recordar que su participación en el Tratado de Coche aportó ventajas que se les reconocen.
A los 80 años, además de dictar conciertos de violín en Nueva York y en varios países latinoamericanos, de escribir ensayos, música y canciones, y ser un lector constante de filosofía, historia, literatura y de los clásicos, dedicaba una hora diaria para perfeccionar el idioma inglés.
La decencia, honestidad, probidad, generosidad y afán de este hombre extraordinario, sus trabajos constantes por el bien de la Patria, y los servicios que le prestó, hacen que él sea, junto con Bolívar, entre otros, el hombre a quien más reconocimiento y amor se le debe tributar. Su autobiografía, clásico de incalculable valor, debiera ser lectura obligada para todos.
Adelante.

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